miércoles, 10 de abril de 2013

La yaya


Olía a café con leche condensada, a Joya de Myrurgia y a laca Elnett.

Puedo sentir con total realidad sus manos blanquísimas, como las mías, cogiendo mis manos pequeñas, como las suyas.

Ver su anillo ovalado de jade y el reloj dorado cuadrado con su cadena de eslabones pequeñitos en la muñeca.

La veo perfectamente. Mirándome con sus ojitos verdes brillantes, el pelo de peluquería castaño oscuro y su eternísima expresión de niña pequeña con su boquita de punto. Contándome que algo es "chiquinino", que fulano es un "lila de la casa'campo" o que esa chica está muy "finústica".
Cantando "Los nardos", "La violetera" o "Madrid", esta última despacio para que yo la copiara. Es que siempre me confundía con el estribillo.

Algunas veces la odié cuando tuvimos que combinar mi adolescencia, confusa y criminal como todas, con su resignadísima y lastrada madurez. 

Su matrimonio no fue fácil y perdió a un hijo.
La vi llorar demasiadas veces por las dos cosas.
Nadie hasta el día de hoy me ha partido tanto el corazón.
Por eso le perdonaba los cotilleos que no venían a cuento. Su desquiciante servilismo, que luego entendí como inercia.

Fue ejemplo de lo que no tenía que ser.
Y a la vez una mujer a la que vengar de manera inconsciente porque llevo mucho de ella.

Rota para siempre por la guerra civil, como toda su generación y algunas más, guardaba todo. Y cuando digo todo me refiero hasta el trocito de cuerda más insignificante, los tapones de todas las botellas, miles de botones desparejados en la caja de los hilos, la caja negra con motivos chinos del ColaCao, retalitos, alfileres, papeles de cualquier tipo...

Me enseñó que las plantas te ayudan y mucho, a ser feliz. Que la ironía lo hace todo un poco más soportable. El placer de un café después de comer. Que los pasatiempos te guían cuando te confunde el camino y a dar puntadas básicas en la vida de la ropa. 
Ahora que lo pienso me enseñó la pausa. A pararme en la vida para recuperar el aliento y poder seguir. Como hizo ella.

Menos mal que ya no está. Hace años que tiene Alzheimer. Los que conocemos esta enfermedad sabemos que es mejor que ya no estén. Que lo horrible es cuando se están dando cuenta de que se van. Quieres que pase todo rápido. Que se vayan ya, por favor, aunque no miren, aunque no hablen, aunque no sepas donde están. Al menos no lloran.

Me regaló unos segundos cuando ya no lo esperaba, hace casi dos años levantó la cabeza, me miró, sonrió y me dijo el "mi niña" más bonito que me han dicho jamás. Inmediatamente volvió a irse lejos pero a mi me hizo la nieta más feliz del universo.

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Ay, yayita, tenía esto guardado hace tiempo porque quería que te quedaras para siempre en la red esta que ni has llegado a conocer.
Y menos mal, porque si la hubieras conocido también hubieras visto que en la Gran Vía, ahora El Palacio de la Música es un H&M y otras barbaridades de la puta vida moderna, esa que va tan deprisa que lo destroza todo cuando pasa, sin tener en cuenta a las personas que están ahí. Esas que se quedan mirando perdidas y ya no encuentran nunca su sitio porque nada se parece a lo que conocían y ha ocurrido todo de repente, sin avisar, explotando, sin darles tiempo a reubicarse. Cambiando bailes y canciones por teclas y pantallas. Dejándonos desnudos de verbenas, de esas que tanto te gustaban.

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Ya te vas, por fin descansas.
El yayo me ha dicho que estabas preciosa, que habías abierto los ojos gracias a la paz de la morfina.

La distancia, como en tantas ocasiones, odiosa enemiga del consuelo y del abrazo.
El único consuelo me queda en la tripa. Muy cerca de las vísceras. Justo ahí, donde está la vida.

                                               
                                                                     Carolina