miércoles, 2 de mayo de 2018

Tu día

Disfruto tanto regalando que a veces me siento egoísta esperando agazapada la oportunidad de dar a manos llenas.
Sobretodo cuando la distancia y el presupuesto complican el fin.
Cuanto más difícil sea llegar a la sorpresa más me gusta pelearla, así que allá voy.

Estaba bañándome en la piscina y pensé regalarte un viaje al espacio.

En el agua flotaríamos como en el infinito y podríamos abrazarnos sin notar apenas el peso que cargamos a la espalda. Las estrellas las llevo yo, dos son tuyas: la más chica y la más grande.

También se me ocurrió obsequiarte con un viaje en el tiempo dejando que me acompañes al lugar que sueño visitar desde siempre; así que cuando vaya a Islandia podemos compartir esa falta de aire que seguro provoca descubrir el verdadero inicio de todo.


Obvio quiero comer contigo, que es siempre placer. 
Yo cocinaría una tortilla de patatas y tú saldarías tu deuda llevándome a saborear un pozole... con queso. 
No sé qué día ocurrirá pero lo identificaremos fácilmente porque olerá muy rico.

Continúo pensando y concluyo que me haría muy feliz concederte paseos en los que nos abanique el aire, nos deslumbre el sol o nos empape la lluvia. 

Sentirte en caminos vivos, curativos, senderos largos y cortos, llenos de gente a quien saludar y también solitarios, plenos de esperanza, calma y silencio.
Caminatas tranquilas en las que la luna nos cuide o la oscuridad mimosa nos espabile. 

Sería tan divertido andar juntos mientras nos damos cuenta de que nuestras huellas no son las mismas que hace un rato y sin embargo nos reímos mucho observando lo poco que nos importa.


Además te regalaría lágrimas, pero en un cine, aplausos en el desayuno, carcajadas en el cansancio, ilusión en un lunes cualquiera, besos amargos de café y por supuesto mis manos si es que te caes.


No sé quien soy ni quien eres, ni siquiera sé bien dónde estamos.

Solo tengo muy claro que en un ínfimo rincón del universo yo estoy escribiendo mis deseos a la vez que pienso en ti y... en un parpadeo, el tiempo se estira, elástico, caprichoso, mágico...y voilà, ahora eres tú quien está leyendo estas pequeñas familias de letras que juegan ilusionadas a ser regalos mientras piensas en mi.

Eso debería bastar para sonreír. ¿Estás sonriendo? Yo sí.




Amanecer desde mi casa en Almàssera, 2010    




martes, 7 de marzo de 2017

Una mujer normal



Una niña de 12 años espera en un mercado a que su abuela acabe de comprar cuando ve que se acerca despacio un señor muy mayor de aspecto entrañable. Pensando que necesita ayuda le ladea la cabeza solícita. El viejito le susurra al oído "te comería esas tetitas tan ricas que tienes".

Durante un verano una adolescente trabaja en un negocio familiar. El marido de la hermana de la dueña también trabaja con ellos. Por el horario coincide más con él que con nadie. Ella se ríe con él, lo considera un amigo, como un padre, obvio. A los pocos días él empieza a decir que a ver si un día se toman un café solos, luego cambia el café por una cerveza y al tercer día la invita a tomarse una copa en un pub pero que no se entere nadie. Así "se relajan y charlan más tranquilos"

Ese mismo verano la adolescente espera el autobús para volver a casa cuando se detiene un coche que conduce un cliente muy conocido de la tienda y le dice que si la acerca, que va a la ciudad. La chica sube aliviada de no tener que esperar media hora al sol, cuando siente la mano de él en la entrepierna sin darle tiempo a reaccionar. Perdona, si el viaje me va a costar esto me paras aquí (viéndose ya en medio de la autopista) No mujer, no te molestes, pensé que había confianza. Olvídalo. Te dejo donde me digas. Tranquila, no te pongas así que no es para tanto. Ja, ja, ja.

Una noche, una chica vuelve a casa caminando después del trabajo, reventada, alrededor de las doce, por una avenida amplia y casi se va de boca al suelo después de que un chaval desde una moto a toda velocidad le tocara el culo sin apenas detenerse. Intentando mantener el equilibrio oye a lo lejos las carcajadas de los dos: el que conduce la moto y el que le ha tocado el culo. 

Una chica va por la calle y se cruza con un tipo que le agarra un pecho frente a una terraza llena de gente. Ella lo tira al suelo de un manotazo. Alguien se levanta a ayudarlo. A él.

De repente, una mujer siente a alguien que está detrás de ella, muy, muy cerca, mientras camina por una calle solitaria a las 4 de la tarde, y a la vez que se queda paralizada por el miedo repentino de que la van a atracar, nota una mano entre las piernas por debajo de la falda que entra y sale volando. Cuando se da la vuelta en estado de shock alcanza a ver a un chico corriendo de no más de 14 años. Fue la última vez que salió en minifalda a la calle sola.

Mientras una mujer pasea con su hijo de 11 años por una avenida grande, periférica de mucho tránsito y en un trayecto de no más de 500 metros le gritan, silban e insultan desde camiones, autobuses, taxis y coches particulares hasta el punto de no poder mantener una conversación con el niño.

En un mostrador de una tienda una muchacha atiende a una clienta cuando las manos de su jefe le agarran la cintura para pasar, a la vez que se demoran unos segundos como si de repente el mostrador se hubiera encogido y no cupieran dos personas dentro. Esta escena se repite casi a diario.

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Todas esta mujeres sintieron vergüenza por algo que no era su culpa. Todas pensaron en qué estaban haciendo, qué llevaban puesto, cómo caminaban o de qué forma se habían comportado para "provocar" estas reacciones. 
Lo sé porque yo soy la niña, la adolescente, la muchacha y la mujer. 
Podría seguir escribiendo páginas enteras de episodios más o menos parecidos. Ahora mismo me estoy acordando de más, de hecho de algunos que sería incapaz de contar aquí.

Todas las mujeres, absolutamente todas, pueden llenar hojas y hojas describiendo momentos de acoso y de abuso, cuando no de violación.
Porque esto es crecer siendo mujer. Tal cual. Y repito, aquí describo una minúscula parte.

Y que te llamen puta por tener sexo, frígida por no tenerlo, zorra porque te guste, mandona por dirigir, que te digan despectivamente que es que tienes mucho carácter, muy mal genio, que eres demasiado decidida o independiente, que no paras de hablar, que de todo sabes, que mejor te calles, que tu qué idea vas a tener, que se burlen de tus opiniones, que no te tengan en cuenta, que te miren de reojo cuando conduces, que qué te pasa, ¿tienes la regla?, que en todas las entrevistas de trabajo te pregunten si tienes hijos o los piensas tener, y si los tienes con quien los dejas, y si se enferman qué vas a hacer, que pierdas trabajos por tener hijos, que qué corta vas, ¿no tienes frío? o qué ceñida o qué tapada, ¿no?. Y los chistes machistas... Y los roces en el transporte público, y el que te la enseña en una esquina o el que se toca delante de ti y de tu amiga en la piscina, al otro lado de la valla y no te das cuenta hasta que oyes a la gente riéndose, sí, riéndose. Al tipo nadie le dijo nada y yo no volví a la piscina en todas las vacaciones. Moría de vergüenza. Yo. No el tipo, no la gente que lo vio. Yo. 

A mi me cuestionaron cuando no quería tener hijos y cuando decidí tenerlos también; con 27 me dijeron que era pronto, con 40 que era tarde, ahora que los tengo me critican como los educo. Y no se vale quejarse ni decir que los adoras pero igual no los hubieras tenido, ¡Cómo puedo ser capaz siquiera de pensar tal barbaridad! (con tantas medidas como existen apoyando la maternidad... )

Y se espera de mi todo lo que a un hombre se le valora al extremo, es decir, si yo crío a mis hijos a la vez que trabajo pues es lo que tengo que hacer, qué narices. Si lo hace el padre automáticamente es "papá del año".

Y que por qué no me arreglo que es que soy un desastre, que un poco de maquillaje alegra la cara, que si no me voy a teñir las canas, que si las arrugas, lo que se cae y lo que no, que si otro estilo me favorecería más... y aún así ayer un niñato me hizo sentir asco una vez más. Él venía conversando con un amigo que ni se enteró de lo que pasó. Me cerró un poco el paso al cruzarnos para poder hacer ese ruido tan desagradable y repugnante que resulta de sorber saliva entre dientes mientras me miraba como si mirara a algo, no a alguien. Al sobrepasarme continuó la conversación con su amigo como si nada.

¿Entienden ahora que pasemos miedo en la calle cuando vamos solas? Que a veces no tengamos ganas de discutir cuando oímos que el machismo ya no es para tanto, porque cómo explicas que tantos hombres en tu vida se hayan creído con derecho a violentarte, a tocarte sin más, a discriminarte, a menospreciarte o a abusar de su posición. 
Que todos esos hombres muy a tu pesar hayan condicionado tu manera de ser o mejor dicho de no ser, de vestir, de disimular por lo que pueda pasar.

Y lo más descorazonador, que tanto hombres como mujeres juzguen a diario cada movimiento y cada decisión, porque las mujeres estamos tan envenenadas que demasiadas sobreviven pisando a otras mujeres. No terminamos de unirnos en el respeto a cada una. Tristísimo.

Y ¿saben qué? hasta me alegro de no haber tenido hijas, porque a estas alturas creo que es más fácil criar hombres conscientes de la igualdad entre personas sin importar el género que preparar a mujeres para todo esto. ¿Porque cómo coño se prepara a alguien para esto?

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Soy una mujer normal a la que le ha pasado todo esto y mucho más, una mujer normal, afortunada, blanca, europea, de clase media, con educación... Imaginen lo que ha podido vivir una mujer que no tiene estos "privilegios". Para temblar.

Y ¿conocen a algún hombre que haya visto condicionada su vida por episodios así? ¿se cree alguien la igualdad? ¿de veras?

Bueno, bueno, igual me estoy pasando... ya está bien de ser negativos, qué mal rollo, uffff: relájense, ríanse de un chiste machista ( "Le pregunta la mujer al marido ¿qué harías si yo me muero? -Pues domesticar otra fiera"), comenten aquello tan gracioso de "mujer tenías que ser" y griten al aire que estamos locas, que exageramos y que el problema es que odiamos a los hombres. Malditas feminazis. 

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Desde aquí abrazo a las que han asesinado, violado, pegado, abusado, limitado, vejado, discriminado, a todas las que viven el maltrato, a las víctimas de trata, a las que se ocultan para vivir su vida como eligen. A las que viven con miedo. A las madres que salen adelante como pueden, a las que abortan porque no pueden salir adelante. A las que se sienten una mierda, a las que sueñan sabiendo que nunca llegarán donde quieren, a las que no se gustan aun siendo preciosas. A las que les gusta el azul más que el rosa, a las que les gustan las chicas o los chicos, a las que les gustan las chicas y los chicos. A las que nunca jamás atacarían a otra mujer sólo por ser libre. Y sobretodo a las que no se cansan de luchar cada día para que algún día, ojalá, se nos considere iguales, a todos y a todas. 




domingo, 1 de enero de 2017

Toda esa nieve que comenzó a caer.


Los ninis y los sisis. El dolor de estómago. Los likes de feisbuk.
Mi perro meando en la alfombra.
Tu olor detrás de mi nuca.
Un libro que acabo de leer y que querría que todos leyeran.
Respirar sol.
Acortar distancias con risas enlatadas.
Tener que trabajar y cómo empezar.
Huir de la vida para no llorar.
Llorar para alcanzar lo sencillo.
La sencillez como terapia.
El pasado que te ha hecho así y por eso y nada más que por eso lo amas.
Mi boca pretendiendo ser hogar.
Refugio de soledad.
Soledad fría como helado y caliente como asfalto.
Ven conmigo a mis sueños.
Te enseñaré los más bonitos.
La música suena aunque no la oigas.
De verdad, te lo prometo.
Porque te tuve en la mano y te asusté.
Porque nada me ha dolido tanto sin esperarlo.
Porque no supe qué hacer con toda esa nieve que comenzó a caer.
Porque te pareces tanto a alguien a quien amé.
Porque me sigues apretando el nudo en la garganta y ni lo sabes.
Porque me sentí la más guapa y la más fea.
Porque insisto en salir de ti y sigo viendo tu mueca ahí delante.
Porque no hay nostalgia peor que la que ya sabemos y tú has hecho posible que nunca suceda.
Porque digo yo que tendrás que desaparecer y sólo así podré dejar de mirarte y sentir ese hueco que no entiendo y me hace dudar de los tréboles de cuatro hojas que nacen en la maceta de mi jardín. 


lunes, 12 de diciembre de 2016

Razones

                         


En este mundo apresurado lleno de vidas desquiciadas se complica por momentos encontrar razones.

Cuando te pasas el día separando la basura para reciclar, clasificando bolsitas... para luego irte al súper a comprar un paquete de magdalenas que contiene 24 envases individuales de plástico absolutamente indestructible, es tarea casi imposible encontrar razones.

Cuando ves que la ilusión se derrite cada vez más joven.

Las personas pueden ser razones. Qué suerte. Si contáramos las veces que esas razones con patas nos han salvado la vida. Sólo con su presencia. No hacía falta más.

A veces algo intangible que nos una, también es razón de peso. De consuelo, de ilusión.
A mi se me ocurre que las palabras son razones.

Palabras que nos hacen reír, nos suenan bien, nos evocan, nos alegran, nos ponen tiernos...

Cachivache, rimbombante, birlibirloque, carambola, nebulosa, sandalias, mandarina, achuchón, comilona, principio, siempre, carámbano...

Cada uno tiene sus palabras, cada uno tiene sus deseos, sus secretos, sus teclas, su música particular.

Sus razones que a veces van de la mano. Hacen pareja. Como las palabras que hacen parejas magníficas y sugerentes: realismo mágico, te amo, playas desiertas, chocolate caliente, espíritu crítico...

Y tríos fantásticos: tormenta de verano, se admiten mascotas, sexo con amor, comida de mamá...

Sólo pronunciarlas, sólo oírlas alivia el alma. ¿Son o no razones para soportar el absurdo generalizado?

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Aunque no sé para qué escribo todo esto cuando a mi lo que de verdad me haría feliz es cubrirte de palabras que ablanden el dolor.
Darte pequeñas razones todos los días de tu vida y poco a poco hacer una casita de razones brillantes, hermosas, preciosas, calentitas, meternos dentro a tomar té, cocinar rico, ver películas y vivir en paz por siempre jamás.





viernes, 11 de noviembre de 2016

Todo estallará

                                


Mi mundo rebosa y se da de golpes contra las paredes de la sala.
Lo detengo como puedo aliviando peso en lágrimas, intentando copiar la velocidad que mueve a los árboles gigantes que me acompañan a diario delante de mi ventana.

Sedienta de calmantes del tipo que sea van pasando horas y luego días mientras escribo y escribo.


Sabiendo que todo estallará quizás cuando vacíe la luna este mes de noviembre.


Quiero dibujar alivios en mi cabeza y sólo los encuentro entre mis piernas. Pero son de mentira y soledad. A ratos vivo, cuando miro al cielo, y a ratos insisto en buscarme en unos ojitos brillantes y preciosos que traje a este planeta porque en el fondo aún creo.


Y no sé si tú crees.


Cada día me quiero más y entiendo menos. He crecido con secretos que he sabido perdonarme. Quisiera contártelos para ser un poco más feliz, porque cuando uno habla se refleja en otra persona y baja la marea. Y sería bonito que eso pasara. Podrías contarme los tuyos y estaríamos en paz.


Pero a lo mejor tú no quieres hablar ni llorar, ni reírte de nada. A lo mejor tú sólo miras al cielo para vivir y ya. Porque así controlas más tu dicha o tu pesar, quién sabe.

Yo antes controlaba y era infeliz. Ahora lo sé, me costó aprenderlo. Y año tras año iba soltando cuerdas.

Cuando vi que morirse es un semáforo que cambia, un tic, un relámpago, un teléfono que se cae al water, terminé de aceptar el descontrol.


Y tuve que explicarlo sin entenderlo aún.

Hay muertes que se esperan y hay muertes que se te caen encima.
Ponen patas arriba la vida porque es su única forma de hacernos entender que basta, que paremos de pensar y saltemos muy alto hasta que las piernas se rindan. Que nada es para tanto y que, joder, celebremos locamente que estamos vivos para sentir lo que queramos.
Y entonces mi cerebro no controló más porque el corazón decidió que tomaba el mando.

Ahí comenzaron a ser mis ganas las que resbalaran desde algún rincón mientras elegían entre A o B. 

Entre Abrazar o Besar.

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Hoy que escribo esto a la vez que reboto contra las paredes de la sala la verdad es que soy extrañamente feliz y sonrío porque aunque a veces quiera sufrir un poco, lo cierto es que si me caigo me levanto tan rápido como cuando era pequeña.

Y es que nada, absolutamente nada, es para tanto.
Y eso sí es bonito.

sábado, 11 de junio de 2016

La fila


Fue el minuto, el filete, el abrigo, la llave, la gota, el aire, el tráfico, la tarde, la gorra, el amarillo, las uñas, el vaso, la foto, el susurro, la mueca, la página, el número, los ojos, el mueble, la cortina, las botas, el cojín, la mancha, el cielo, las flores, un calcetín, la camisa, dos botones, tu sueño, los míos… todo se fue acumulando en una fila interminable hasta que no se vio el final. Justo en ese momento era cuando más cerca estaba de acabar todo. Cuando se dieron cuenta del desastre uno se durmió y otro escribió esto.



Creo

Yo que me deshago cada día un poco más y no tengo ni la más mínima idea,
creo en la nube que tapa el sol.
En tu sonrisa congelada pegada a mi retina.
En el mensaje que desordena mis preocupaciones.
En la infinita posibilidad de lo imposible.
En una escalera que no hay que subir porque a la mitad  encuentras lo que buscas.
En ir sola al cine.
En huir sin salir de casa.
En las trampas revoltosas que esconden las miradas.
En el tiempo que evapora lágrimas.
En el sueño que espabila la sangre.
En caminar para descansar.
En bañarse a oscuras.
En ventanas como lunares en la noche.
En bailar hasta salpicar felicidad.
En juramentos de saliva y collares de pestañas.
En tus huellas enamoradas de mis pies.
En echarte de menos sin haberte tenido.
Y en el amor que parece sexo para que nunca dejemos de creer.